Acantilados de basalto volcánico, playas de arena amarilla, templos y una villa china es lo que verás en el archipiélago.

PENGHU, Taiwán. – Desde el avión se alcanzan a ver las canastillas con las redes verdes que cada mañana atrapan sardinas, ostras, atunes, robalos, caracoles y charales. Estoy por aterrizar en Penghu (Isla Pescadores), un archipiélago de 64 islas.

He llegado en 40 minutos desde la ciudad de Taipei. El taxi me conduce a la ciudad de Magong, el punto turístico más importante de todo el archipiélago. Hasta aquí llegan japoneses, coreanos, tailandeses, filipinos, uno que otro estadounidense y muy rara vez un mexicano. Vienen para practicar windsurf, kayak y esnórquel, pero también para observar sus paisajes compuestos por acantilados de basalto volcánico.

Tour en motoneta

En Chung Cheng, la única avenida de la ciudad, mi guía y yo rentamos una motoneta por mil 200 dólares taiwaneses (480 pesos mexicanos), el transporte más común en todo Taiwán.
Con el pago cubrimos ocho horas, así que empezamos por el templo Tianhou (Reina del Cielo), el más antiguo de Taiwán, construido en 1592.

La polilla aún no desbarata la madera labrada de su fachada en la que se pueden apreciar dragones, el único animal que puede entrar al paraíso, según la cultura china. Los habitantes llevan sus ofrendas a Matsu, diosa de las aguas. Antes de orar encienden varitas de incienso, hacen una reverencia llevándose unidas las manos a la frente. Se hincan e inician las plegarias.

El templo es el punto donde comienza la calle Zhengyi: larga, serpenteante y estrecha. Hay varios locales para comprar souvenirs, la mayoría hechos de coral negro. A mí me llaman la atención los puestos de “huevos curativos”. Son hervidos con salsa de soya y plantas medicinales. Aunque su sabor no es agradable, ayuda a mejorar, dicen, el flujo sanguíneo y a regular la presión.

A toda velocidad atravesamos por el puente Arco Iris, con una longitud de tres kilómetros. Éste conecta las isletas de Baisha y Xiyu.

El mismo camino nos conduce a la Cueva de Ballenas, acantilado formado por columnas basálticas.

Los tonos cafés y naranjas de las piedras contrastan con el azul intenso de su mar. En invierno, las olas alcanzan hasta los 20 metros de altura, cerrando el atractivo a los turistas.

La fuerza del agua formó, con el paso de los años, un hueco en la piedra. Para muchos asemeja la silueta de una ballena, para mí es sólo un boquete.

A lo largo de la isla se encuentran varias playas. Los adultos mayores se resguardan bajo paraguas de los rayos intensos del sol. Los más jóvenes lucen sus cuerpos, tumbados sobre una arena amarilla y gruesa.

A nuestro regreso hacemos una escala en la villa china medicinal de Xiaomen. Encontramos ungüentos de menta para los piquetes de mosco, tés para el dolor de estómago y cabeza y nieves de tuna roja para no sufrir insolación.

Mañana por la noche iremos a ver la iluminación del puente Arco Iris, mientras tanto degustamos, en un local de la villa, charales con cacahuates y caracoles marinados en sal y limón.


Fuente: http://www.eluniversal.com.mx/articulos/64240.html